El tiempo suele ser el principal enemigo de todo lo antiguo. Si a su «cruzada» contra estructuras y monumentos se suman la humedad y el hollín propio de las locomotoras, obtenemos a los principales culpables de que el memorial al descarrilamiento del Tren Blindado haya estado durante meses en una crítica condición.
Saltaba a la vista de todos cuantos caminaban cercanos a él. La pintura se caía por partes, el metal de los vagones y el bulldozer estaba corroído, la luminaria interior del complejo no funcionaba a cabalidad, en fin, nuestro tan querido Tren se estaba destruyendo poco a poco y —a criterio público— nadie hacía algo por evitarlo.
Los meses transcurrieron sin que se hiciera nada al respecto y solo a principios de este año se vislumbraron destellos de esperanza, cuando varias empresas iniciaron las primeras acciones de conservación a los inmuebles del complejo. Pero, ¿por qué esperar hasta este punto y tener necesidad de un mantenimiento capital? ¿No es mejor evitar el daño a repararlo?
La especialista principal de la institución, Violeta Delgado Torrecilla, ante esta interrogante me explicó que el problema radica en cuán caro resulta hacer todo cuanto necesita el Tren, lo cual va más allá de limpiar y pintar los elementos externos. Y yo diría que más allá de la carencia de dinero reside el quid por el cual el monumento no recibe la atención sistemática requerida.
Esta es una institución, dirigida por el Centro Provincial de Patrimonio, que anualmente sobrecumple su plan de recaudación monetaria antes de finalizar diciembre. Pero como en una casa cuanto hay es de todos, este monumento, a pesar de aportar grandes cantidades de divisas, depende de las posibilidades de inversión de esta entidad y de una cantidad limitada de recursos que son erogados entre todos los museos de la provincia.
Es cierto que el dinero es importante, pero lo es también la conciencia que deben tener las autoridades responsables de potenciar cuidados a los centros patrimoniales —los gobiernos de cada municipio— sin cuya dirección, a la hora de convocar a las empresas que pueden brindar un servicio útil en esta tarea, es imposible obtener algún éxito.
Ya hoy las soldaduras de las escaleras fueron reforzadas, el bulldozer y el armamento de colección han sido atendidos, así como también se limpió el exterior de los vagones. Resta cambiar el entablado interno y los suelos de algunos coches, darles pintura, la reparación de sus techos y la reanimación de la instalación eléctrica. Pero, cuando haya culminado todo, ¿qué pasará? ¿Nuevamente el tiempo y la falta de atención jugarán una mala pasada al Tren Blindado y, por consiguiente, a todos los santaclareños que disfrutamos de él?
Es importante tener en cuenta que la necesidad de mantenimiento no significa hacerlo —como suele suceder— «para salir del paso» o simplemente para «cumplir», tal cual sucedió en el año 2007, cuando se realizó uno con el cual tan solo se retrasó momentáneamente el problema, además de dilapidarse los recursos tan difíciles de conseguir actualmente en el mercado.Y es que solo un trabajo periódico y consecuente garantizaría la permanencia del monumento en condiciones óptimas para su buen funcionamiento, teniendo en cuenta que es un sitio de constante afluencia de público (nacional y extranjero) y un icono representativo de nuestra ciudad.
Y en esta actitud también juega el pueblo un papel importante, pues, en última instancia, resultamos los más perjudicados al perder nuestro patrimonio. Debemos hacer uso de la voz popular y no solo para cuestionar, sino también para exigir y hacernos escuchar. No por gusto el artículo 63 de nuestra Constitución expresa: «Todo ciudadano tiene derecho a dirigir quejas y peticiones a las autoridades y a recibir la atención o respuestas pertinentes y en plazo adecuado, conforme a la ley».
Falta todavía un tiempo para disfrutar otra vez de un Tren Blindado completamente restaurado y espero la experiencia acumulada sea suficiente como para no cometer los mismos errores. De este modo, si la lección es aprendida, creo que mi hijo y yo podremos ir juntos a disfrutar esa porción de historia que nos pertenece y enriquece, de ese Tren que nos identifica y forma parte de ser santaclareño. Solo hasta entonces podremos decir confiadamente que no hemos perdido el tren.

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