viernes, 16 de marzo de 2012

René González y Alan Gross, un sufrimiento compartido

Los medios de información se hacen eco de dos casos judiciales. Políticos, manipulados, diferentes aunque increíblemente coincidentes en un punto que une a todos los seres humanos: el amor.

René a su salida de la cárcel, junto a su hija Ivette

El antiterrorista cubano René González Sehwerert, hace poco excarcelado y bajo libertad condicional, es nuevamente motivo de atención pública al solicitar al gobierno de los Estados Unidos un permiso especial de viaje para poder visitar a su hermano (Roberto González) quien se encuentra en Cuba gravemente enfermo de cáncer.

Por su parte, el ya olvidado por los grandes medios, Alan Gross —empresario norteamericano que cumple sentencia en Cuba bajo el cargo de espionaje desde 2009— presentó nuevamente una solicitud de viaje temporal a su país, para visitar a su madre, sorprendentemente también en estado de gravedad a consecuencia de un cáncer inoperable en ambos pulmones.

La fiscalía se opone a la solicitud de René, el gobierno cubano ha denegado la de Gross en anteriores ocasiones. Ambas constituyen razones humanitarias incuestionables por cualquier juzgado, y aún más allá de las reservas políticas que puedan tenerse: rechazar cualquiera de las dos puede calificarse de criminal.

Pero, en medio de dos sistemas opuestos, dos gobiernos enfrentados durante más de medio siglo, ¿a quién puede adjudicársele la razón?
Alan Gross

Cuba no puede reclamar que René viaje a la patria, si no es recíproca con Gross. Estados Unidos no puede pretender que La Habana transija, si Washington no muestra reciprocidad. La pregunta es: ¿quién cederá primero?, si alguno lo hace.

No se trata de quien tiene mayor moral o quien tiene más derechos. Que si uno fue injustamente encarcelado o si el otro fue víctima de un sistema bastante cerrado en sus políticas en cuanto al acceso a la información e informatización por parte del pueblo.

El verdadero motivo es si vale la pena hacerles a ambas familias partícipes del ya gastado chicle que se estira y encoge desde el año 1959.

Hay diferencias no irreconciliables, que solo en el campo de la diplomacia y bajo normas de respeto mutuo podrán resolverse. Pero este no es justamente el caso adecuado para abanderarse los unos en contra de los otros.

Ambos sufren privación de su libertad por motivos un tanto distantes, pero ambos tienen el dolor común de saber que un ser querido muere y ellos no pueden acompañarles.

Solo las autoridades de estos dos países podrán decidir qué hacer: si aferrarse a sus criterios intransigentes y a su discurso político, o ser ejemplo a las demás naciones en cuestión de derechos humanos.

Mientras tanto, René y Gross permanecen a la expectativa de la respuesta que se les dará. El cómo se maneje este tema podría significar mucho en pro o en contra de las relaciones bilaterales entre Washington y La Habana.

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