
En Cuba tenemos un huso horario distinto al de otros países. Me dirán que eso no es novedad. Es cierto, pero lo interesante es que dentro del mismo país, o provincia e incluso dentro de una misma ciudad, no todas las personas comparten una línea temporal para ajustar y sincronizar sus relojes. Si bien esto pareciera una locura, no lo es, aunque no esté oficialmente admitido por ninguna autoridad gubernamental... o, ¿tal vez sí?
Cuando digo esto hago alusión a nuestra idiosincrasia, en la cual parece estar establecido que “el cubano nunca llega temprano”, pues ya sea para las clases en la mañana, para una cita romántica, a una consulta con el médico o hasta la funeraria, el cubano siempre va tarde, pero lo más interesante es que no le preocupa.
Hoy mientras venía en autobús hacia la Universidad escuché a otros dos estudiantes hablar de que se les había hecho tarde para la presentación de tesis de grado de su aula, a lo cual un tercero añadió que no había problemas: “las 8 y 30 no quiere decir las ocho y treinta, ellos te dicen esa hora para que estés ahí, pero en realidad comienzan a las nueve… y ten cuidado no más tarde”.
Es cierto. Aún en eventos tan oficiales como el de presentar una investigación en opción a un título universitario ni siquiera el tribunal se preocupa por cumplir estrictamente con el horario establecido y muchos alegan: “al final, no pasa nada, todos hacen lo mismo”.
Citados para las siete de la mañana, un acto en conmemoración de no sé qué aniversario, en honor a no sé cuál más fecha, llegan los medios de prensa que van a cubrir el evento (rutina bien rutinaria en nuestro periodismo) y los únicos en el lugar son los periodistas y el responsable del audio para la ocasión, pero ni asistentes, ni autoridades se encuentran allí. Con espíritu conformista dijimos entonces: “nada, todos somos cubanos, a cualquiera le pasa”.
Pero lo cierto es que esta práctica se ha convertido en un mal que ataca a nuestra sociedad y a nosotros mismos. No obstante, siempre hay alguna justificación: se me fue el trasporte, estaba lloviendo, me sentía mal, el jefe no había llegado, el chofer del jefe no había llegado… o el clásico “circunstancias ajenas a mi voluntad” dentro de lo cual cabe lo mismo un terremoto, un accidente, un dolor de estómago, como que hay un ciclón en Pinar del Río y yo pensé que en Santa Clara (muy lejos de esa provincia) habían suspendido las actividades.
Una amiga española me dijo una vez que esta actitud era incurable en nosotros los cubanos, ella lo llamaba en tono jocoso y de sazón reprobatoria: La Cubanía.
Ayer Villa Clara se enfrentaba al equipo de Matanzas en la discusión del título de campeón en nuestro baseball. Por razones ajenas a nuestra voluntad (lluvia, en este caso) el encuentro tuvo que ser aplazado hasta esta noche. Hoy todos esperamos poder disfrutar de un excelente juego y que esta vez la Cubanía esté solamente presente en otra de sus manifestaciones, la forma peculiar y única de ser de nosotros los cubanos. Ahora, mejor dejo de escribir que se me hizo tarde, claro, por “circunstancias ajenas a mi voluntad”.
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