martes, 15 de julio de 2014

Amor por una ciudad

Vivo en una ciudad que nunca se cansa, que jamás se detiene, que vive al ritmo que vive su gente. Por sus calles, algunas asfaltadas, otras adoquinadas que nos remontan dos siglos atrás, caminan a diario los más peculiares personajes.

Mi ciudad tiene rincones que sorprenden a cada paso. Un tren como museo, un hotel que exhibe las huellas que trajeron el cambio, una estatua que habla de un burro yendo de puerta en puerta, una montaña testigo de nuestras vidas y hasta un malecón, rodeado de edificaciones y lejos del mar.
Amo sentarme en un banco del Parque Vidal y conversar o simplemente callar y escuchar. Escuchar a quienes pasan por mi lado, la lluvia que emana de la bota de un niño de bronce, la música proveniente de un teatro siempre vivo o los gritos que anuncian tanto la mercancía, como el saludo a un amigo.

El paso del tiempo no la ha hecho vieja, sino que la ha embellecido, le ha agregado nuevos adornos, ha traído nuevas experiencias y mayores encantos a esta ciudad que crece con su historia.
 
Escritores, cantantes, pintores y artistas de todo tipo la han hecho su musa.

Quienes, aquí nacen, nuca dejan de sentirse atraídos por ella. Quienes se alejan, la extrañan en la distancia y añoran desandar nuevamente por estas aceras estrechas, pero llenas de recuerdos y encantos.

Amo los amaneceres de esta ciudad. Ver cómo despierta del letargo de la noche. Sentir las campanadas que anuncian a todos el comienzo de un nuevo día, escuchar las aves animar el parque al dejar su sueño y ver las nuevas luces y colores que cada mañana invitan a vivir Santa Clara. 

¿Por qué tantos nos enamoramos de esta tierra? Es un secreto bien guardado por ella, una receta que revela solo a quienes hacen un pacto sincero de llevarla siempre en el corazón, un pacto de declararse siempre con orgullo santaclareño.

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