Me gusta creer que soy libre de creer. A veces pienso que tengo el derecho de pensar. Sin embargo, la realidad de una sociedad subyugada a un estándar impuesto y una doctrina inamovible me despiertan de mi sueño, porque según parece hasta soñar fuera del cuadro es censurable.
A pesar de ello, me sumo a los miles que no se conforman con encajar a la fuerza en moldes que les son ajenos. Me siento comprometido con los que desean ser libres y pensar y sentir y creer porque para ello hemos sido dotados de cerebro, inteligencia y voluntad.
Decido creer porque sí, sin tener que darle explicaciones a autoridades que cuestionen mi integridad filosófica. Escojo pensar porque quiero ser independiente y no una oveja que trasquilada contra su voluntad, es conducida a un suicidio intelectual, social, político... humano.
Mi Cuba ya no es la de antes. Mi pueblo ha cambiado. Mis amigos chocan contra los muros, contra las verjas, contra los barrotes que les limitan. Se extienden a futuros inciertos tratando de alcanzar aquello que no han visto ni conocido. Mientras, observo y pienso, creo, decido y, convencido de ello, actúo.
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