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Si bien la pretensión de ser «el país más culto del mundo» quedó tan solo en eso, es indudable que los cubanos sentimos una predilección especial por la lectura. La que entretiene, la que enseña, la que revive emociones y personajes olvidados en el tiempo, la que nos abre los horizontes a veces cerrados por la ausencia de un pasaporte y una visa.
A un día de empezar en mi ciudad, la XXI Feria Internacional del Libro despierta el entusiasmo de muchos. Es un mar de personas el que se aglomera alrededor de cada una de las carpas elevadas en el céntrico Parque Vidal de Santa Clara.
Muchos ni siquiera saben qué comprar, otros pocos se lanzan a la caza exacta de ejemplares y otros tantos son los compradores instantáneos: a cualquier sugerencia van y compran el libro.
Pero sea como será, es innegable la revolución que causa esta fiesta de palabras en toda la sociedad. Desde los pequeños hasta los más mayorcitos, los que se «matan» por comprar el último Corazón que queda a la venta, o los que marcan cola dos horas antes de que lleguen siquiera los vendedores con su mercancía de conocimientos.
Como variados los títulos, así también los lectores; y las Ferias, todas distintas. Unas más fructíferas, otras más calladas en su paso por nuestras vidas, pero innegablemente un momento esperado por todos. ¡Y mejor ir haciendo la cola que me quedo sin libros!

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