Me encantan las series televisivas de todo tipo, siempre y cuando respeten la estética y el buen gusto. Nada de esas series de trama epidérmica, personajes chatos e historias que ni mi sobrino de cinco años vería. No, me gustan las que me despejan, me hacen pasar un buen rato, pero me atrapan y me dejan ansioso de ver el próximo capítulo.
Ahora veo dos, que si bien no son del gusto mayoritario, las encuentro atractivas e interesantes. Chuck , en su quinta temporada y la joven Once Upon a Time , con apenas 12 capítulos transcurridos.
A la primera le debo mi primer y único maratón de ocho horas consecutivas frente al ordenador. ¡Increíble que pudiera ver toda la segunda temporada en un sábado! Y para los que me tildarán de perezoso, especifico que estaba de descanso por haber salido de una guardia en la universidad.
La segunda ha cambiado conceptos que tenía de la literatura. He descubierto que los personajes de cuentos de hadas nos son tal y como los pintan. Que bien puedo enamorarme de la madrasta de Blancanieves, que el genio de la lámpara gustaba de seducir mujeres ajenas o que Rumpelstinski no siempre fue el tramposo experto en tecnicismos a la hora de hacer un contrato.
A pesar de que Cronos no es muy benévolo conmigo, y muchas veces me lleva de la mano y corriendo, siempre hay un huequito para refrescar mi mente. Ojalá cuando termine de ver estas dos, permanezca enamorado de las mismas. Quien sabe, puede hasta que repita la dosis. Mientras tantos, mis felicitaciones a los creadores, ¡se lucieron!

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