Estoy decepcionado. ¿Decepcionado? No. ¡Indignado! El sistema judicial de mi país es la cosa más irrisoria del mundo y tal parece que será así por los siglos de los siglos.
Mi cuñado hace dos años sufrió un accidente. Un conductor bajo los efectos del alcohol y en exceso de velocidad golpeó la bicicleta en que iba él con su pequeño hijo de cuatro años y a ambos los lanzó hacia la calle. El niño milagrosamente no sufrió ningún daño, mientras mi cuñado tuvo una fractura y astillamiento de la rótula, operación que requirió más de cuatro horas para intentar componérsela.
Meses de hospitalización, de rehabilitación y medicamentos, miles de pesos en gastos médicos y alimenticios, así como más de un año sin trabajar —en perjuicio de su economía y de la del Estado— fue el saldo que hoy día lleva Andrés junto con la cojera que le acompaña, pues tras ser sometido a una segunda operación para extraérsele los fijadores, no todos pudieron obtenerse.
Hoy fue celebrado el juicio que por instrucción se realiza al culpable… al “culpable”, pues según la justicia él chofer es casi inocente.
Lo primero es que a dos años de lo sucedido, ni los oficiales que atendieron el accidente recuerdan los detalles, ni los testigos son precisos y los cargos de entonces se metamorfosearon con Gregorio Sansa, pues el aliento etílico detectado por la policía entonces, ya no consta en el expediente; el exceso de velocidad también desapareció; y según la defensa de lo único que se puede culpar a su cliente es de un adelanto indebido en la vía.
Andrés de ser el accidentado, el damnificado, quien debiera ser el demandante, es tan solo un testigo más a quién poco le faltó para ser convertido en el culpable de echarse debajo de las ruedas del automóvil.
Conclusión del caso: se discute como posible sentencia un año de prisión domiciliaria, lo cual significa de la casa al trabajo y quizá una restitución de los daños económicos.
Mientras, el agresor hará como ha hecho desde aquel casi fatídico accidente: conducir por esta vida como si nada hubiera pasado. ¿Quién sabe? Puede que cuando no solamente “casi mate” a una persona, sino que en realidad la mate por su imprudencia al conducir, puede entonces que las autoridades y el poder judicial en mi país tomen contra él las medidas cautelares y de castigo que debieron haber tomado, no hoy, sino hace más de año.
¿Quién sabe? Puede que cuando el día de mañana la ley sea cumplida y verdaderamente efectiva, no tengamos que continuar lamentando la pérdida de vidas humanas en accidentes de tránsito, que antes pudieron ser evitados. ¿Quién sabe?, puede que algún día suceda.
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