Al llegar a casa apenas me sequé la lluvia que acompañó la noche de estreno, me di un rápido baño y me dispuse frente a la computadora a escribir. Una frase, de las muchas escuchadas esa noche, resonaba aún en mi cabeza: «me gusta que suenen mis palabras» y al momento las hice sonar en el teclado. No podía dejar pasar la oportunidad pues pude disfrutar, y lo reafirmo, disfrutar del estreno nacional de Conducta, el debut como cineasta de Ernesto Daranas. Una película que estremece de los pies a la cabeza, hace reflexionar y a la que como él mismo pidió, cada quien debe otorgarle su sentido.
Es que al verla encerrarle en una sola idea, un solo mensaje, es muy forzado; aunque ciertamente uno es innegable: la desmitificación del paraíso perfecto que vive la niñez en Cuba, donde (aunque no sea regla) viven pequeños cuya existencia dista del color rosa.
Chala (Armando Miguel Gómez), un niño de 11 años de grandes y nobles sentimientos, lucha en la vida para no ser ahogado por ella. Vive con su madre en una relación disfuncional (afectada por drogas y alcohol) donde él se ocupa de ser el hombre de casa y mantenerla; y ella, en sus momentos de lucidez cuando no lo ofende o golpea, de brindar su versión del amor que ambos sienten el uno por el otro.
Yeni, una niña de Holguín. Excelente estudiante, pero ilegal en su propio país, por no tener residencia en La Habana. Se enfrenta al continuo miedo de que su padre sea detenido por la policía y les deporten hacia su provincia en el oriente cubano y a ella la saquen de la escuela, porque si no tiene residencia legal, ella no puede estudiar.
Ambas historias, van de la mano de una maestra como muchos queremos para nuestros hijos, pero las cuales no abundan hoy día. Carmela (Alina Rodríguez) con casi 50 años de experiencia en la educación, vive la enseñanza y la lleva al plano personal, al punto de enfrentar a sus superiores cuando estos deciden mandar a Chala a un centro de reeducación, sacar a Yeni de la escuela y quitar una estampita de la Virgen de la Caridad del Cobre que los niños pusieron en el mural del aula, junto a un pensamiento de Martí, tras la muerte de uno de sus compañeros de clase.
Con actuaciones fantásticas y profesionales, incluso la del magnetizante e inexperto Armando Miguel, la historia se cuenta por sí sola y atrae desde adolescentes hasta adultos, que terminan por experimentar un compartido sentimiento de vacío interior y compasión colectiva al ver la cruda realidad a la que a veces estamos ajenos.
Ver la película fue para mí y aquellos que también aplaudieron al final, una experiencia que nos llevó a preguntarnos hasta qué punto las cosas se hacen por imposición y cuál pudiera ser el resultado de enfrentarse los problemas de un modo distinto.
Todos tuvimos con nosotros en el aula a un Chala, un poco más, un poco menos, pero en resumidas cuentas alguien a quien los profesores rechazaban y a quien veían como problema. Trasladarle a un centro de reeducación para menores era la solución más fácil, pero ¿acaso la más adecuada y funcional?
El Chala de la película solo necesitaba alguien que le comprendiera y le amara, alguien que impusiera, como dijo su maestra Carmela: «disciplina, amor, rigor y escuela». Con ello bastaba para que su vida fuera diferente.
Pero otra pregunta me viene a la mente: ¿existen cubanos de primera, segunda y hasta quinta clase, esos que por no tener residencia en La Habana no pueden obtener su derecho de una educación gratuita en cualquier escuela?
¿No es esta una de tantas normas arbitrarias que nos separan y provocan divisiones criminales entre los mismos cubanos?
A Conducta no puedo, sino otorgarle este sentido, tal como exhorta Daranas a cada espectador. Las actuaciones, el excelente guión, la fotografía y musicalización… la obra entera colabora para que la experiencia sea de disfrute, pero capaz de atravesar nuestro corazón y aferrarse a nosotros para sumergirnos en la inmensidad de la reflexión y el autocuestionamiento.
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