miércoles, 8 de octubre de 2014

Cruda realidad

No me canso de leer sobre la realidad de mi país. Es algo que disfruto, no solo porque estudie Periodismo, sino porque me siento feliz de ser cubano y por ello no me gusta estar ajeno a lo que sucede a mi alrededor. Pero hay momentos en que esta realidad rebasa mi comprensión y mi capacidad de aguante ante lo cruda que puede ser.

Muchos me dicen que vivo en mundo aparte. Que el hecho de estudiar en la universidad es de por sí un privilegio, pues es muestra de un status social que me permite, cuando menos, tener la garantía económica para estar exento de trabajar por los cinco o seis años que dure la carrera.

En otras palabras, significa tener la red de seguridad de la economía familiar para vestirme, pagar el transporte para ir a estudiar (que no siempre es el público) y satisfacer todas las demás necesidades básicas que me ayudan a tener una mente cuya única preocupación es el estudio. Lamentablemente no todos pueden decir lo mismo.

A pesar de vivir en ese "mundo aparte", es imposible obviar los continuos sin sentidos que se hallan por doquier como si de un manantial inagotable se tratase. Al respecto leía algunos post de la blogosfera semicubana, la hecha desde Cuba, pero no reconocida oficialmente. En ella llovían los criterios sobre las "obtusas" —no hallé mejor calificativo— medidas aduanales que machucan, extorsionan y limitan al cubano que quiere mejorar su nivel de vida o desea ayudar a sus familiares en el país.

A poco más de un mes de implementada, la nueva ley no solo se reduce al mínimo lógico lo posible a importar a territorio nacional, sino que no deja margen para tres hermanos en una casa puedan recibir una memoria flash cada uno —dos es el máximo permitido—; o si hay más de cinco mujeres en la familia, pues que cada una pueda recibir un par de zapatos, limitados ahora a cinco pares por sexo.

Seguí mi lectura y choqué con los exorbitantes y abusivos precios de los decodificadores de señal televisiva digital que hoy se venden en las tiendas. Allí el interesado tiene que pagar hasta casi mil pesos cubanos para poder disfrutar de una mejor recepción, pero no necesariamente variada o con una programación superior.

En un país que camina hacia el apagón analógico a una velocidad mayor a la esperada, me pregunto qué pasará entonces con los ancianos que viven con un retiro o asistencia social que apenas si llega a los 200 pesos cubanos, un equivalente a ocho dólares. O con las familias que dependen de un solo salario… por llamar de algún modo a esa mala retribución recibida por su fuerza de trabajo.

Así mismo escucho a diario como numerosos negocios privados de mi ciudad son llevados al cierre por imponérseles impuestos elevados que no tienen en cuenta que si el Estado no facilita la compra de insumos al por mayor, estos se ven precisados a comprar "por la izquierda" todo lo necesario, lo cual significa que no tienen cómo demostrar ese gasto y por ello no se le descuenta en ese impuesto final. Sin palabras, ¿verdad?

El discurso oficial es de apertura, pero ¿hasta qué punto? Se habla de flexibilizaciones, de actualización del modelo económico cubano... escuché un término que me gustó mucho pues esas aparentes medidas y reformas son solo maquillaje superficial. En otras palabras, es el mismo cuento mal contado, con algunos aditivos que ilusionan de un final distinto. Pero la pregunta real es esta: ¿cuál es el final?

Eso es algo que nadie sabe con certeza. Los más confiados y esperanzados —no quedan muchos— han puesto rodilla en tierra y miran con optimismo. Los más realistas —por desgracia la mayoría— ponen pie en polvorosa y se van: de sus empleos estatales, hacia el mercado privado; de sus títulos profesionales, a vender en el mercado negro; o de su casa y tierra, a probar suerte en otros países.

¿Qué hacer ante esta realidad? Como dije: me gusta estar al tanto de la realidad de mi país, pero hay momentos que esta rebasa mi comprensión y mi capacidad de aguante ante lo cruda que puede ser.

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