| Biblioteca UCLV Marta Abreu - Foto: Raul R Ayala |
Entre las causas de una aptitud descuidada ante la academia, es recurrente la crítica a un sistema de enseñanza reproductivo, en el cual el estudiante se torna simple depositario de información recibida lineal y unidireccionalmente por parte del profesor, quien en muchas ocasiones solo repite lo ya dicho en libros de texto. En estos casos, el alumno promedio, desmotivado a prestar su cien por ciento de atención, se conforma con asistir obligatoriamente a clase y memorizar el contenido a evaluarse.
Al continuar la discusión del tema encontramos que no pocos se aburren durante los “a veces interminables turnos de clase”, esas inagotables conferencias donde se escucha sin parar y donde, con caso omiso a la didáctica de la enseñanza-aprendizaje, se obvian los referentes visuales, los materiales de apoyo, el intercambio de criterios con el alumnado… estos y otros tantos elementos diseñados pedagógicamente para atrapar la atención del auditorio y motivarles en clase.
Ahora, existe también un criterio manejado por los profesores, y conocido por nosotros: “no todos están para lo que tienen que estar”. Y es que más de una vez hemos tenido algún compañero de clase que nos hace preguntaros: “¿Qué hace este aquí?”
Un número —si bien no precisable, pero nada desestimable de estudiantes— se ha acostumbrado a asistir a clase, tomar breves notas y bastarse con eso para su estudio; no importa que sea de las asignaturas que sí exigen estudio independiente.
A ellos se suman aquellos que hacen una excelente distribución de su tiempo entre fiestas, descanso, deporte, juego, Facebook, series y… bueno, y dormir… “ya veremos que se inventa para la prueba”.
Llegan entonces los análisis de resultados del semestre anterior y las estadísticas comienzan a mostrar segundas y terceras convocatorias a la orden del día, no pocos estudiantes con “arrastres” y un descenso de las notas. Es en este momento cuando comienzan nuestros directivos a preocuparse y todos a indagar las causas… ¡como si no fuesen conocidas!
¿Qué le toca hacer al profesorado? ¿Qué nos toca a los estudiantes? Las respuestas son claras y cada uno es capaz de respondérselas a sí mismo. Mas creo que la solución no radica en respuestas individuales y egoístas velando por suyo propio, sino en la capacidad de juntos proponer un sistema capaz de motivar y comprometer tanto a los unos como los otros. Ellos cobran por educar, nosotros estudiamos para graduarnos; unamos propósitos y seguramente todos quedaremos satisfechos.

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